lunes, 7 de febrero de 2011

ISRAEL GALVÁN, LA HONDURA DE UN FLAMENCO CONTEMPORÁNEO

por Hayde Lachino

Sólo quién conoce a profundidad la tradición puede conectar la historia pasada con los tiempos presentes, eso es justamente lo que ha hecho este gran bailador de flamenco, hacer de éste, un arte que se enlaza con el mundo contemporáneo. En su estilo de bailar vislumbramos una corporalidad en donde el pasado se encuentra como base de toda su investigación y propuesta en comunión con una nueva visión del cuerpo y del movimiento.



El arte de Israel Galván se descoloca de todo lugar conocido, no se engaña con las falsas modas que pretenden hacer fusiones estilísticas sin ningún fundamento sólido; pero también se aleja de una tradición que se inmoviliza en el tiempo, de la inercia del uso irreflexivo de cánones estéticos.

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Galván, cuenta con una lista impresionante de premios, entre los que destaca el Premio Nacional de Danza en la modalidad de Creación que concede el Ministerio de Cultura de España. La crítica especializada de su país le ha otorgado en múltiples ocasiones el Premio Flamenco como mejor bailador y ha recibido otros tantos importantes reconocimientos por sus puestas en escena.



Israel proviene de una dinastía familiar de bailadores y es heredero del conocimiento y tradiciones compartidas con maestros como Mario Maya y Manuel Soler. Sus audaces propuestas lo han llevado a colaborar con artistas como Pina Bausch y Carlos Saura.

Israel propone nuevas gestualidades, nuevos movimientos que sorprenden por su audacia y atrevimiento, lo que importa es que el cuerpo que baila signifique, que la danza flamenca se convierta en signo para la sensibilidad contemporánea.



En su manera de bailar, encontramos líneas que se rompen, contrapuntos corporales, tensiones dramáticas que se resuelven en explosión súbita de movimiento. Al lenguaje codificado del flamenco, Galván agrega movimientos y signos que provienen de otras formas dancísticas como la danza contemporánea, añade gestos cotidianos tomados de su andar por el mundo; todo para construir una visión única, personal y sin duda irrepetible en donde la estructura tradicional del baile se rompe para que hacer visibles otras posibilidades.
Entre más nutre su arte de otras formas de danza y se inspira en otras prácticas artísticas, más profundo llega a la esencia del flamenco y lo que nos muestra es flamencura hasta el tuétano.



Las secuencias de movimiento construidas por Galván se caracterizan por arribar a momentos de quietud para después ir a un gesto, a un instante de sorpresa total y con ello lograr que el espectador se encuentre siempre en total tensión. Su baile transita entre la cadencia y suavidad a la fuerza y el brío.

Con toda seriedad se puede afirmar que con Israel Galván el flamenco se divide en un antes y un después. Su imperiosa necesidad de indagar a profundidad en las posibilidades latentes del flamenco lo han llevado a bailar descalzo, algo totalmente irreverente, pero que lo conduce a construir un territorio fecundo de nuevas posibilidades para ésta práctica dancística. Los aportes estéticos de este artista enriquecen la danza toda.



En La Edad de Oro, se hacen patentes todas las inquietudes personales y estéticas de Israel Galván y lo revelan como un profundo conocedor de los códigos escénicos y de la representación. Aquí la danza y la música se encuentran para dar paso a un espectáculo deslumbrante en donde converge la historia del flamenco pero también de la danza en general y del arte. En su cuerpo vibra lo arcaico y lo contemporáneo.



Cuando vemos bailar a Israel, contemplamos un proyecto de humanidad, contemplamos la libertad. Ante este gran bailador, el corazón se expande y no resta más que quedar subyugados ante la prodigiosa humanidad de Galván con quien el flamenco marca su entrada al siglo XXI.